Hay un momento en la vida de toda persona en la que necesita reventar, explotar, desintegrase por un momento para, como un fénix, renacer de entre sus cenizas. Ese momento es el que yo estoy viviendo mientras escribo estas palabras. No siento las manos, casi ni puedo escribir, la cabeza me da vueltas y no soportaría que alguien estuviera a menos de 100 metros a mi alrededor. No obstante, no puedo parar de escribir en esta vieja y desdentada Underwood que encontré en el trastero de mi casa y que era calificada como “cacharro inservible” por los miembros de mi familia. Para mí lo viejo no es algo que no tenga utilidad. Muy al contrario, me gusta más y le encuentro más encanto, sólo hay que observar al quinientista David de Miguel Ángel, aunque por suerte para él, por su piel de mármol nunca pasan los años. Hoy he tenido uno de esos días intensos, sin pausas para pensar, una cosa tras otra sin interrupción para tomar aliento y parar a procesar las acciones. También he tenido...